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martes, 9 de julio de 2013

Vida cruda: Droga, amor y lágrimas

El siguiente relato puede contener material no apto para lectores sensibles.



Solo se escuchaban las hélices de aquel viejo ventilador. Cansadas, ya medio oxidadas por el paso de los años, luchaban por mover una pequeña masa de aquella densa y cargada atmósfera. Los finos pero intensos rayos de sol que lograban filtrarse por los agujeros de la persiana, rota y mugrienta, atravesaban el polvo del ambiente, para reposar sobre una sucia mesa. Encima de esta, descansaban un par de jeringuillas, junto a un algodón húmedo y una cuchara oxidada; un poco más alejado, había una botella de agua destilada, y trozos de meta-anfetamina en cristal. 

Una temblorosa voz se superpuso al viejo ventilador. Procedía del sofá, justo enfrente de la pequeña mesa.
-Buufff, vaya colocón -Decía un joven, muy delgado, recostado aún en una esquina del sofá-. Cari, ¿Ya estás despierta? nos hemos quedado dormidos...

Se esforzó por abrir los ojos, tratando de espantar la pesadumbre que le impedía pensar. Recorrió el sofá con la mirada, hasta que la vió, en el otro extremo del sofá: pálida y delgada, con la cabeza boca arriba, mirando hacia el techo, apoyada en el respaldo.

- ¿Que coño..? -Las palabras salían a rastras de su boca, apenas vocalizadas- ¡Cari! ¡Que te has vomitado encima! ¡Vamos! Despierta ya...

En ese momento, durante un instante, el tiempo se detuvo. La pesadumbre y la confusión desparecieron de golpe, y fueron sustituidas por dolor. Acababa de comprender lo que había pasado. Sin ni siquiera levantarse del sofá, en un solo movimiento, se situó a su lado, abrazó la cabeza de ella entre sus pinchados brazos, y estalló en un llanto teñido de culpa, dolor e ira.

domingo, 30 de junio de 2013

No dejes que nadie te anule ¡¡¡Abre los ojos!!!



            Aquel día podría haber sido como otro cualquiera, ¡pero no!, había decidido que sería el principio del resto de su vida.

Quería hacer muchas cosas que durante años y por varias circunstancias no había podido llevar a cabo.

            Decidir por primera vez sobre su futuro, situación aquella a la que no estaba acostumbrada. Le daba miedo todo, la más mínima decisión por sencilla que fuera se le hacía difícil de tomar, tenía muchos planes, de los cuales no sabía cual le  agobiaba más. Se sentía sin fuerzas para realizar sus sueños. Sabía que primero se tenía que fortalecer y no se refería a físicamente, sino mentalmente y eso para una persona que últimamente se había sentido sin derecho a poder expresarse libremente y que tenía que pensar mucho que decir, era una experiencia totalmente nueva y que le provocaba incluso algo de ansiedad.

            Durante los meses que siguieron, se sucedieron muchas noches donde  dormir sin interrupciones era imposible. De despertar de repente con el corazón a mil, llorando y sin ganas de volver a coger el sueño, por no tener de nuevo otra pesadilla.

Y cuando parecía que tenía una temporada más o menos buena y que incluso volvía a reír con ganas, todo comenzaba de nuevo. Una llamada por su parte o alguien que se lo nombraba, tan sencillo como eso y su cabeza no le hacía caso, la rutina nocturna regresaba y su vida diurna se resentía.

            No rendía como quería en su trabajo, no es que no lo realizara bien, sino que no era todo lo perfecto que a ella le hubiera gustado, ya que en ese aspecto siempre se había exigido mucho.

            También la relación con los compañeros y amigos había cambiado, por un lado se sentía más relajada y por otro se daba cuenta que cuanto mejor se llevaba con una persona, con más facilidad se enfadaba con ella y no era justo, pero creía que era miedo. Miedo a que alguien supiera tanto de ella que pudiera hacerle daño de nuevo.

            Hoy en día, transcurrido año y medio ha aprendido a quererse, a valorarse y está con el corazón abierto, preparada para volver a intentarlo. Así que espera a esa persona con la que compartir su vida, en quien poder confiar, con la que poder contar, unos brazos donde sentirse protegida, alguien que la ame y a la que poder amar.

            No te rindas nunca, siempre hay una esperanza.


Escrito por Gala Díaz



domingo, 16 de junio de 2013

Carta de un soldado a su amada.

Querida Sara.
Anhelo tocarte una vez más, recorrer cada forma de tu cuerpo pegado al mío. ¡Oh Sara! ¿Dónde estás? ¿Por qué tuve que irme? Odio esta estúpida guerra. Aquí en la trinchera, hace frío. Un frío que hiela el alma, congelaría al mismo diablo. Oh Sara, ¿por qué me dejaste marchar?
La nieve y mis lágrimas empapan esta hoja, y hacen que la tinta se corra. Debería estar en casa contigo, con velas y pollo picante en el plato, quizás algo de champán o vino. Sin embargo, estoy aquí, con una botella de whisky a punto de terminarse. Llorando como un niño, es una imagen demasiado patética para describirla. Supongo que soy patético, siempre lo he sido. Abrazado a tu foto, y a la botella. Apenas se distingue tu imagen en la estampa.
Hoy, 14 de Febrero, día de San Valentín, deberíamos estar haciendo el amor, sin embargo estoy en esta estúpida trinchera, haciendo la guerra. Resulta paradójico, y gracioso. Estoy perdiendo el juicio por momentos, Sara. Desearía salir ahí fuera, gritando, pidiéndoles a todos que me disparen, o matar a todo su ejército y acabar con esta maldita guerra.
Sé que no volveré a verte, Sara. Todos sabemos que no volveremos a ver a nuestras familias, que estamos muertos, la única incógnita es cuándo será nuestro funeral. El  mío no se lo digas a nadie, solo llévame una botella y déjala en mi ataúd. Me he imaginado mi entierro multitud de veces, tú estabas allí, llorando, sola. Me entraban ganas de levantarme y consolarte pero no podía, pues estaba muerto.
¡Oh Sara! No sabes cuánto te amo, cuánto te añoro. Me da igual estar muerto si no estoy contigo. Apenas recuerdo tu sonrisa, esa que era tan tímida, o pícara, según la situación. Recuerdo acariciarte el pelo y tu mirada, y como me acariciabas y te acariciaba yo. Recuerdo que empezaba por la mejilla, con dos dedos, bajaba por la línea de tu cuello, ese cuello tan frágil, tan seductor; generalmente, la yema de mis dedos descendían hacia tus pechos, firmes, bien puestos. Entonces algo dentro de mí pedía salir a gritos. Hace mucho que no tengo una erección.
Al principio solía masturbarme pensando en ti, recordándote, tratando de mantenerte viva, pero pronto ese deseo murió, creo que murió con mi alma, pues ésta falleció los primeros meses. Sí, espiritualmente ya estoy muerto, o casi, solo quedan los últimos reductos de tus recuerdos, ellos son los que me mantienen cuerdo, y con vida. Pero se están agotando, no sé cuánto tiempo estaré así. Soy una especie de zombi: si me mandan matar, mato; si me mandan morir, muero. Pero muero cada día que no estás a mi lado.
Cuídate, hazme ese favor, por lo menos cuídate. Cuando ya no esté, quiero saber que todo te va bien, que has rehecho tu vida. Cualquier joven se moriría de ganas por pasar una tarde contigo, darían sus venas por tener una conversación de diez minutos contigo. He tenido mucha suerte, eso es un hecho, y tú has tenido la mala suerte de enamorarte de un tonto idealista, y ahora es tarde, pues aunque perdí mis ideales hace mucho, ya no puedo abandonar esta guerra, no puedo hacerlo vivo. Debí hacerte caso, quedarme en casa, pero siempre he sido un cabezota, y tú pocas veces conseguiste sacarme alguna de mis ideas locas de la cabeza.
La nieve agarrota mi mano, pero no quiero irme, sin antes decirte que la mejor etapa de mi vida la pasé a tu lado. Que tú estás en los pocos recuerdos que conservo: las pocas noches que no tengo pesadillas, eres tú quien me acaricia, y las pasamos juntos, abrazados. Después despierto y solo veo frío, y muerte, a veces creo que este frío es a causa de la muerte que hay a mi alrededor. No es un frío de invierno, donde te abrigas y se pasa, es un frío que se te implanta en el alma, como un parásito, se alimenta de todo lo bueno que te queda, destruyéndote por dentro.
¿Dónde estás ahora? Lo ignoro, y lo prefiero así, pues el hecho de saber que te he hecho sufrir, me devora las entrañas. Necesito saber si me extrañas, o si tú eres feliz. Necesito saber cuándo se acabará esta locura, o si yo me volveré loco con ella. Quizás ya lo estoy, tampoco me importa.
Te espero al otro lado, cuando cruces seremos felices, los dos, y podré darte ese “siempre juntos” que te prometí hace ya demasiado tiempo.
Te extraño.
El Chico que Escribe.

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