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lunes, 15 de julio de 2013

Blog 16 | Desde el pueblo

En verano mi ciudad se muere. Por eso, me voy con mi familia al pueblo, donde, aún sin tener internet, tengo algo más preciado: tiempo y paz. Allí podré escribir, leer, y vivir con más calma.


Lo bueno, que no gastaré mi tiempo en nada que no sea escribir la novela, aún sin título. Lo malo, que no podré dedicar tanto tiempo al blog, ni a responder, sean comentarios, sean e-mails; tampoco podré pasar más tiempo del estrictamente necesario en otros blogs. Durante esta travesía he descubierto unas cuantas bitácoras que me atrapan, y por las que paso casi cada día, en unas dejo rastro, en otras no. Supongo que pondré una lista en los márgenes, no tardando mucho.

El Chico que Escribe, nació para que vivas conmigo el proceso creativo de una novela, así que, todos los días dejaré off-line unas cuantas entradas; cada X tiempo, creo que pueda pillar un ordenador, copiar, pegar y programarlas. En el peor de los casos, dos días a la semana tengo que venir por casa. Así, no te quedarás sin tu dosis de El Chico que Escribe, ni el blog irá con excesivo retraso en relación a la realidad.

En cuanto al Vlog (con V) , lo actualizaré solo cuando tenga algo realmente interesante. Eso de grabar algo nuevo cada semana es un imposible.

Aunque la novela no la voy a dejar en el blog, sí tengo pensado escribir un relato, no demasiado largo, cuando empiece cada día con mi sesión. La verdad es que tengo más claro este relato que la propia novela. Se me ocurrió hace poco, y he ido investigando sobre este tema. Lo único que puedo deciros es que se llamará "Cebolla podrida", y en cuanto esté finalizado, podrás leerlo aquí, en mi rincón.

Puede que tenga demasiados frentes abiertos, aún tengo algún as bajo la manga, y alguna sorpresa que darte. Si no doy para todos, iré cerrando uno a uno, la novela es mi prioridad ahora mismo.

Soy el Chico que Escribe, y esta es mi historia.

viernes, 12 de julio de 2013

Carta a la inspiración

Llega y se va tan suave, como efímera...

Querida dama.

No se muy bien como llamarte, si tienes nombre de pila, o si usas un nombre corporativo. Si eres una, o varias: 9 quizá. como solían creer en Grecia. Tu puedes llamarme El Chico que Escribe, o por cualquiera de mis otros nombres, todos los conoces, a todos acaricias, pero no permaneces mucho rato en torno a ninguno de ellos.

Minerva, diosa de la sabiduría, Calíope, musa de la elocuencia, por favor, no me dejéis. Esta noche no. Tengo un importante compromiso con un folio en blanco, necesito vuestra esencia para no sentirme débil frente a él.

Se que no soy el mejor, señorita Inspiración, a veces me llamas y te ignoro. Ansías poseerme, acaricias mi mente hasta llegar a excitarme, y yo te rechazo como si fueses una meretriz incordiosa. Comprendo que te sientas ofendida y despechada, pero debes entender mis circunstancias. En ocasiones no tengo un lugar donde plasmarte, otras tengo mejores quehaceres que darte mi atención.

Por favor, no me falles. Esta noche no. Tengo una cita con una historia que lucha, que arde en deseos de ser contada, y no deseo flaquear en palabras y que por mi culpa pueda quedar a medias, o mal terminada.
Apelo al recuerdo de nuestros mejores momentos. Nos hemos amado durante horas. Hemos sido pasión. Ardiente y brusca pasión. 

He sabido perdonarte, cuando tú me has abandonado a mí. Espero que tú también sepas hacer lo propio, y no me falles esta noche.

Cada vez que te vas, me dejas sin vida, vacío por dentro. La frustración de no encontrarte cuando te necesito, se convierte en pesadilla, y me asedia cada noche. Por favor, no me dejes esta noche. Esta noche no.

Atentamente,

El Chico que Escribe

martes, 9 de julio de 2013

Vida cruda: Droga, amor y lágrimas

El siguiente relato puede contener material no apto para lectores sensibles.



Solo se escuchaban las hélices de aquel viejo ventilador. Cansadas, ya medio oxidadas por el paso de los años, luchaban por mover una pequeña masa de aquella densa y cargada atmósfera. Los finos pero intensos rayos de sol que lograban filtrarse por los agujeros de la persiana, rota y mugrienta, atravesaban el polvo del ambiente, para reposar sobre una sucia mesa. Encima de esta, descansaban un par de jeringuillas, junto a un algodón húmedo y una cuchara oxidada; un poco más alejado, había una botella de agua destilada, y trozos de meta-anfetamina en cristal. 

Una temblorosa voz se superpuso al viejo ventilador. Procedía del sofá, justo enfrente de la pequeña mesa.
-Buufff, vaya colocón -Decía un joven, muy delgado, recostado aún en una esquina del sofá-. Cari, ¿Ya estás despierta? nos hemos quedado dormidos...

Se esforzó por abrir los ojos, tratando de espantar la pesadumbre que le impedía pensar. Recorrió el sofá con la mirada, hasta que la vió, en el otro extremo del sofá: pálida y delgada, con la cabeza boca arriba, mirando hacia el techo, apoyada en el respaldo.

- ¿Que coño..? -Las palabras salían a rastras de su boca, apenas vocalizadas- ¡Cari! ¡Que te has vomitado encima! ¡Vamos! Despierta ya...

En ese momento, durante un instante, el tiempo se detuvo. La pesadumbre y la confusión desparecieron de golpe, y fueron sustituidas por dolor. Acababa de comprender lo que había pasado. Sin ni siquiera levantarse del sofá, en un solo movimiento, se situó a su lado, abrazó la cabeza de ella entre sus pinchados brazos, y estalló en un llanto teñido de culpa, dolor e ira.

viernes, 5 de julio de 2013

Poema escrito en bares



Como un mazo de realidad, me golpeaste la cara.
Yo buscando un sabor a la vida que no me amargue
y tu amargándote la vida aún siendo la más guapa.
Como un mazo de pasión, me golpeaste bien el alma
tus curvas y tu perfume son maestros del embriague

Unos pocos tendrían miedo de que les cabalgues
otros matarían por diez minutos de tu cama.
Yo te pido que seas musa en mis poemas terrenales
haz que siga mi camino, no detengas mi avance.
Tu que mueves la tentación, más de diablo que dama

Como un mazo autoritario obligaste que deseara

me inspires el alma, no te vayas lejos de estos lares.
Sin tí sobra el papel, y la poca tinta se acaba.
Contigo letras y rimas rescatan a su amada.
Eres la causa y solución de un poema escrito en bares




El anterior poema es un fragmento de un relato publicado anteriormente en este blog. Me pareció adecuado publicar el poema por separado, pero puedes encontrar el relato completo aquí. Soy el Chico que Escribe, y esta es mi historia.



miércoles, 19 de junio de 2013

La última chica del bar

La última chica del bar - El Chico que EscribeCuando el sol regala sus primeros rayos un domingo por la mañana, solo hay dos tipos de personas en pie: Aquellos madrugadores, sea por motivos de trabajo, sea por sacar a pasear al perro, o sea por aprovechar el día; y aquellos trasnochadores pasados de copas, de drogas, o de ambas a la vez. El caso de nuestro protagonista era más bien el segundo, había ingerido tanto alcohol que apenas podía balbucear. 
Con las últimas monedas que le quedaban, había pagado la entrada en aquel after infernal, donde las pocas personas que aún estaban en pie, tenían poco de persona y mucho de deshecho. Sus amigos hacía un buen rato que estaban en casa, pero él quiso seguir la fiesta por su cuenta. 
Las imágenes se posaban en sus retinas confusas, aceleradas y llegaban a su cerebro ralentizadas y entrecortándose unas a otras. Como buenamente pudo, se acercó a la barra para pedir otro Jack Daniel's con Cola. 
Allí, apoyado, mirando hacia ningún sitio, la vio. Era preciosa, se movía con soltura, bailaba como los ángeles, tentaba como el mismo diablo. Tan boquiabierto se quedó nuestro compañero, que el cubata se le escurrió de la mano estallando el vaso contra el suelo.
Nunca supo si pasaron horas, minutos, o días enteros, no podía apartar la mirada de ella, como tantos otros. Desde la distancia pudo observar cómo varios hombres jóvenes se acercaban a presentarse esperanzados, cada uno con una táctica diferente, y todos salían como perros asustados. 
Durante un breve instante, ella miró hacia la barra del bar, cruzándose su mirada con la de él. ¡Qué mirada! Utilizando los ojos como puerta de entrada, le llegó hasta el rincón más escondido de su alma, y allí se quedó alojada para siempre. 
Totalmente paralizado, pestañeó lo que le pareció una fracción de segundo; pero cuando abrió los ojos, ella ya no estaba allí.
Durante semanas la estuvo buscando por todos los garitos de la ciudad, pero jamás volvió a encontrarla. Pero esa mirada, no se le olvidaría jamás, ella no era una chica cualquiera, era la tentación en persona, era la última chica del bar.

domingo, 16 de junio de 2013

Carta de un soldado a su amada.

Querida Sara.
Anhelo tocarte una vez más, recorrer cada forma de tu cuerpo pegado al mío. ¡Oh Sara! ¿Dónde estás? ¿Por qué tuve que irme? Odio esta estúpida guerra. Aquí en la trinchera, hace frío. Un frío que hiela el alma, congelaría al mismo diablo. Oh Sara, ¿por qué me dejaste marchar?
La nieve y mis lágrimas empapan esta hoja, y hacen que la tinta se corra. Debería estar en casa contigo, con velas y pollo picante en el plato, quizás algo de champán o vino. Sin embargo, estoy aquí, con una botella de whisky a punto de terminarse. Llorando como un niño, es una imagen demasiado patética para describirla. Supongo que soy patético, siempre lo he sido. Abrazado a tu foto, y a la botella. Apenas se distingue tu imagen en la estampa.
Hoy, 14 de Febrero, día de San Valentín, deberíamos estar haciendo el amor, sin embargo estoy en esta estúpida trinchera, haciendo la guerra. Resulta paradójico, y gracioso. Estoy perdiendo el juicio por momentos, Sara. Desearía salir ahí fuera, gritando, pidiéndoles a todos que me disparen, o matar a todo su ejército y acabar con esta maldita guerra.
Sé que no volveré a verte, Sara. Todos sabemos que no volveremos a ver a nuestras familias, que estamos muertos, la única incógnita es cuándo será nuestro funeral. El  mío no se lo digas a nadie, solo llévame una botella y déjala en mi ataúd. Me he imaginado mi entierro multitud de veces, tú estabas allí, llorando, sola. Me entraban ganas de levantarme y consolarte pero no podía, pues estaba muerto.
¡Oh Sara! No sabes cuánto te amo, cuánto te añoro. Me da igual estar muerto si no estoy contigo. Apenas recuerdo tu sonrisa, esa que era tan tímida, o pícara, según la situación. Recuerdo acariciarte el pelo y tu mirada, y como me acariciabas y te acariciaba yo. Recuerdo que empezaba por la mejilla, con dos dedos, bajaba por la línea de tu cuello, ese cuello tan frágil, tan seductor; generalmente, la yema de mis dedos descendían hacia tus pechos, firmes, bien puestos. Entonces algo dentro de mí pedía salir a gritos. Hace mucho que no tengo una erección.
Al principio solía masturbarme pensando en ti, recordándote, tratando de mantenerte viva, pero pronto ese deseo murió, creo que murió con mi alma, pues ésta falleció los primeros meses. Sí, espiritualmente ya estoy muerto, o casi, solo quedan los últimos reductos de tus recuerdos, ellos son los que me mantienen cuerdo, y con vida. Pero se están agotando, no sé cuánto tiempo estaré así. Soy una especie de zombi: si me mandan matar, mato; si me mandan morir, muero. Pero muero cada día que no estás a mi lado.
Cuídate, hazme ese favor, por lo menos cuídate. Cuando ya no esté, quiero saber que todo te va bien, que has rehecho tu vida. Cualquier joven se moriría de ganas por pasar una tarde contigo, darían sus venas por tener una conversación de diez minutos contigo. He tenido mucha suerte, eso es un hecho, y tú has tenido la mala suerte de enamorarte de un tonto idealista, y ahora es tarde, pues aunque perdí mis ideales hace mucho, ya no puedo abandonar esta guerra, no puedo hacerlo vivo. Debí hacerte caso, quedarme en casa, pero siempre he sido un cabezota, y tú pocas veces conseguiste sacarme alguna de mis ideas locas de la cabeza.
La nieve agarrota mi mano, pero no quiero irme, sin antes decirte que la mejor etapa de mi vida la pasé a tu lado. Que tú estás en los pocos recuerdos que conservo: las pocas noches que no tengo pesadillas, eres tú quien me acaricia, y las pasamos juntos, abrazados. Después despierto y solo veo frío, y muerte, a veces creo que este frío es a causa de la muerte que hay a mi alrededor. No es un frío de invierno, donde te abrigas y se pasa, es un frío que se te implanta en el alma, como un parásito, se alimenta de todo lo bueno que te queda, destruyéndote por dentro.
¿Dónde estás ahora? Lo ignoro, y lo prefiero así, pues el hecho de saber que te he hecho sufrir, me devora las entrañas. Necesito saber si me extrañas, o si tú eres feliz. Necesito saber cuándo se acabará esta locura, o si yo me volveré loco con ella. Quizás ya lo estoy, tampoco me importa.
Te espero al otro lado, cuando cruces seremos felices, los dos, y podré darte ese “siempre juntos” que te prometí hace ya demasiado tiempo.
Te extraño.
El Chico que Escribe.

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